Dejando atrás las heridas de la infancia
Con frecuencia, los seres humanos nos encontramos en situaciones cotidianas que nos disparan, sin saber por qué, reacciones emocionales desproporcionadas y difíciles de gestionar. En muchas ocasiones, nos transportan emocionalmente a la infancia, con o sin consciencia de ello, ubicándonos en un lugar de vulnerabilidad máxima y limitación.
Cuando tenemos dificultad en la aceptación de una experiencia, nos convertimos en una especie de imán, que atrae una y otra vez, situaciones que nos hacen revivir esa misma experiencia en un bucle de dolor.
Durante la infancia, todos hemos acumulado, en una manera u otra, experiencias dolorosas. Cuando un niño no se siente aceptado tal y como es, desarrolla estrategias de defensa (máscaras) para transformarse en lo que lo demás quieren que sea.
Estas estrategias corresponden a las cinco grandes heridas que los seres humanos compartimos: rechazo, abandono, humillación, traición e injusticia, y recurrimos a ellas, en el intento de ocultarnos a nosotros mismos y a los demás, el dolor que aún no hemos podido gestionar.
Según la máscara o estrategia, se desarrollan creencias que afectan a nuestra actitud ante la vida. Y cuanto más identificados estemos con la herida, más arraigada estará la máscara. La herida de rechazo, nos condiciona en una personalidad huidiza. El abandono, en una personalidad dependiente. La herida de humillación, en una personalidad masoquista. La de traición, en una personalidad controladora. Y, por último, la de injusticia, en una personalidad rígida.
Ante las heridas tenemos dos opciones, permanecer sintiéndonos víctimas en un sufrimiento permanente, o avanzar aceptando, y dejando atrás el dolor, transformando con amabilidad y compasión el sufrimiento.
Todas esas experiencias de dolor no gestionadas acumulan memorias, no solo en nuestra mente, también en nuestro cuerpo, encerrándolo en una jaula invisible que nos hace sentir impotentes, incapaces y sin posibilidades. Sanar las heridas comienza con abrir el candado de esa jaula, y la llave para hacerlo es nuestra elección consciente y sostenida de liberar esas memorias.
Aceptar nuestras heridas es convertirnos en seres responsables, autorreferentes, que se aman sin condiciones, y esa es la llave que permite la transformación y la sanación profunda.
Si quieres profundizar en este tema, te recomiendo el libro “La sanación de las 5 heridas” de Lise Bourbeau, la autora de referencia en las heridas de la infancia.